Durante millones de años los hombres miramos al cielo en busca de respuestas, de inspiración, o solo asombrados de la soledad que se respira a ver aquellas millones de estrellas que parecen cercanas en el firmamento, aunque la realidad dice que están tan distantes unas de otras.
Son aquellas estrellas que nos recuerdan la velocidad con la que transcurre nuestro tiempo en la tierra, en lo fugaz de los sueños y en lo frágil que es la felicidad. Nos llevan a soñar que son alcanzables, y que solo lo imposible es algo que cuesta un poco más.
Cuantas veces nos hemos sorprendido de su diámetro, de su candor y de su fuerza generadora de vida. En muchas culturas el sol era visto como un Dios, y no es para menos, ya que esta gran estrella amarilla nos ha provisto de condiciones para existir.
Buscamos en ellas el futuro, el presente, la suerte y la desgracia. Consultamos a los astros, cual pequeño absorbe el conocimiento ya maduro del anciano. Creamos historias en cuanto a su movimiento y su existencia y hasta llegamos a dotarlos de cuerpos e historias anecdóticas y épicas, pues en el cielo las cosas no se borran. Las estrellas estarán iguales tanto el día de nuestro nacimiento como el día de nuestra muerte.
Y al soñar, al divagar entre tantas charlas filosóficas, en promesas de los amantes, siempre encontramos la misma promesa de alcanzar las estrellas una por una. ¿Tal vez será que no estamos tan lejos como creíamos? ¿Esas estrellas que soñamos una y otra vez son tan lejanas que deberíamos olvidarlas y relegar nuestra existencia a lo rutinario? ¿Son tan lejanas que solo tenemos que sentarnos a llorar solo porque el sol se oculta?.
Un día, un gran hombre llamado Néstor Sponton, me dijo que no he de llorar porque el sol se oculta, porque las lágrimas no nos dejaran ver las estrellas; y que los límites de uno se rompen a cada paso. A aquel hombre va dedicado “El cazador de Estrellas”, ya que el fue y será mi cazador preferido.
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Y entonces fue cuando el cazador de estrellas se vio arrodillado. Aquel había sido el peor de los rayos que alguna vez le hubiera alcanzado alguna vez. El impacto tan fuerte se que no se podría ocular aquel cráter con un país entero. Sus fuerzas parecieron sucumbir frente a tal estrago, a tal punto que sintió que su cuerpo se había fundido con el hierro de la corteza de aquel planeta. Solo podía sentir el frío que se siente en esos momentos de impotencia. Su corazón gritaba fuego y sus venas resplandecían como el magma volcánico. La misión a la que se había encomendado estaba corriendo serios riesgos.
Las nubes envolvían los trapos viejos que vestían las carnes y los fuertes vientos desgarraban el aliento.
Fue donde un grito de ira destrozo las rocas que aprisionaban al cazador, y fue entonces donde comprendió.
-“El hierro se funde con velocidad ante la presencia de una estrella.
Mi voluntad es atraparla con las manos” -.
Y con un paso detrás de otro un limite con su huella marco.

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